Vamos a hablar hoy de otro de esos fetiches (ahora kinks) que culturalmente son bastante americanos y relativamente desconocidos por estos lares. El Household’50 se alimenta de un extraño potaje de nostalgia y obediencia más bien clásica.

En su lado teórico, si es que se puede llamar así, se idealiza un contexto histórico y social determinado. La década de 1950 en los Estados Unidos de América. La madurez de aquellos hombres que volvían victoriosos de aquella homosociedad disciplinaria, el ejército, pero no acabaron en clubes de moteros.

Ama de casa clásica paseando una aspiradora y portando calzado de seguridad.

La Segunda Guerra Mundial supuso el inicio efectivo de la supremacía de los EEUU en el mundo «occidental», o «libre». La economía americana funcionará como un cohete durante los 50 y la clase media local explotará en un aquelarre de consumismo, opulencia y productos antes sólo al alcance de los más pudientes.

Así que tenemos un montón de parejas de mentalidad conservadora, casa con jardín, un Cadillac en el garaje y un gusto por el orden y la disciplina que sólo una guerra mundial puede ofrecer. La convivencia entre esas parejas genera un tópico que se representaría luego en cine y televisión de una forma un tanto melosa y que el BDSM ha adoptado como un fetiche que mezcla disciplina, obediencia y un tanto de teatrillo, o juego de rol.

Clásico coche americano de los 50, con el motor de un submarino alemán y el consumo de un pueblo eslavo de tamaño medio.

El household ’50 se propone como un modo de vida que supone la sumisión de la mujer o esposa al hombre, pero dentro de un núcleo familiar establecido. La representación ideal de este modo de vida es un cuento al que hay que ir sacudiendo la caspa al pasar páginas. Una figura masculina ruda y aficionada a la mecánica y/o bricolaje y una femenina dedicada al cuidado de su casa, la felicidad de su pareja y la pastelería creativa.

En esta dinámica se espera un comportamiento moral determinado y muy estricto por parte de ambas partes, que para la pareja interesada sitúa el clásico concepto conservador de la familia, ese núcleo familiar, en el centro de la relación. De hecho es un fetiche de marcado carácter tradicionalista, si se sigue al pie de la letra.

Tanto la parte Top como bottom siguen roles establecidos, aunque anclados evidentemente en una concepción muy clásica, y ya ajada, de los papeles dentro de las relaciones de pareja. Es un fetiche que identifica claramente a la parte Top como masculina y la bottom como femenina, y sitúa al Top en una posición de liderazgo en la que el bottom se configura como una servidora, pero también un apoyo.

Ama de casa clásica apuñalando a una vaca en su horno.

En ocasiones los aficionados a este kink perciben las interacciones sexuales actuales, y todo el discurso moderno de género, como algo ciertamente confuso, e incluso impostado. Añoran tiempos más simples o sencillos en lo social y lo privado, donde las jerarquías estaban claramente definidas dentro de los roles familiares.

Algunas bottom ven también en este estilo un modelo de conducta que les permite tener una serie de reglas u obligaciones claras, un código que seguir que les facilita enfocar su sumisión dentro de unos parámetros bastante concretos y de fácil referencia cultural.

La parte Top es el cabeza de familia y como tal tomará las decisiones y establecerá la dinámica de la relación. La parte bottom se encargará del cuidado, tanto de la casa como de los hijos, y de mantener a la parte Top en un estado de «felicidad personal» que necesita de cierta complicidad para desarrollarse.

Ese servicio de la parte bottom marca la dinámica interna de un Household ’50. Es el rol de «esposa» lo que construye y da sentido a este fetiche, y creo personalmente que hay que relativizar la aparente dominación masculina en cuanto a la construcción de roles y conceder el mérito de cohesión a la parte bottom.

A Pazuzu le gusta la década de 1950, pero la de antes de Cristo.

El Household ’50 estricto es una de las pocas dinámicas BDSM que llevan implícita, por su propia naturaleza, el formar una familia, hijos y esas cosas. Como tal puede trascender la relación de pareja y ofrecer modelos de conducta desfasadas y un poco frikis para los pobres infantes.

Es un tema delicado y en mi opinión la educación y el trato de los hijos debería mantenerse al margen de estas cosas del BDSM. Claro que tampoco tengo hijos, al fin y al cabo. Aquéllos que siguen este estilo de vida suelen integrar en él a su familia directa.

Hay también una faceta estética en este fetiche, con su vertiente ceremonial. La parte bottom persigue estar siempre presentable y apetecible para el Top. Maquillaje, peinado, vestido, complementos y demás parafernalia. Incluso la ropa de «faena», que se usa para cocinar u otras tareas, es parte de la estética. Muchos aficionados actuales integran el estilo pin-up, aunque precisamente tuvo su decadencia en aquella época.

Ama de casa clásica a los mandos del Enterprise.

La vida cotidiana dentro de esa dinámica, centrada en la unidad familiar como núcleo, viene con una cascada de opciones que algunos practicantes gustan de llamar «tradiciones». Por ejemplo el homeschooling (o sea, tener a los niños escolarizados en sus casas), comer y cenar en tribu diariamente, noches reservadas para juegos de mesa, voluntariado, celebraciones de cumpleaños, evitar el lenguaje malsonante o establecer calendarios de tareas que involucren a todos los miembros de la familia.

Son actividades positivas, que refuerzan la unión en el hogar, pero que de nuevo representan una visión muy tradicional y un sesgo ideológico muy estadounidense que suelen acabar metiendo a la patria, a Dios y las morales cristianas (protestantes) por el medio.

Sissy y housewife en pack.

Hay que señalar también que hay pocos fetiches en el BDSM que vayan tan abiertamente contra el signo de los tiempos como este Household ’50. Muchas bottoms se sienten confusas ante una idea de sumisión femenina que gira alrededor del servicio mental y doméstico, algo rechazado en ciertos ámbitos. Recordemos sin embargo que todo se basa en el consentimiento, y el tema que nos ocupa no es una excepción.

Existe de hecho el sentimiento entre los practicantes de BDSM que exploran el Household ’50 de que es un modo de vida y que más que un fetiche representa la adhesión a una serie de valores tradicionales que están envueltos en cierto halo de autenticidad y seriedad, en contraposición a la fútil y vaporosa época actual.

¿Otra vez una vaca para comer, sweetheart?

Curiosamente interesa a una parte de sumisas que tienen trabajos de responsabilidad o suelen tomar decisiones en sus vidas mundanas, y también hay sissies que la exploran. Es una fuente de ideas para el servicio doméstico (maid play o como se diga) y no faltan los casos de dominación femenina donde los roles cambian.

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